I. Síntesis de trayectoria

Poeta, ensayista, novelista, dramaturgo, cineasta, periodista.
Nació en Luján de Cuyo, Mendoza, en 1940. Vive y trabaja en Buenos Aires desde 1970.

Varios de sus libros fueron traducidos al inglés, francés e italiano. Algunos son texto de estudio en escuelas de periodismo, talleres de teatro y en universidades argentinas y de los Estados Unidos.
Sus Reportajes Latinoamericanos aparecieron en diarios y revistas de 23 países y en 9 idiomas.



Libros publicados

Su producción literaria supera la veintena de títulos, entre ellos:

Biografía
“Fontanarrosa, entregáte. / Y vos también, Boogie. Y usted también, don Inodoro” (1992)
“Julio Bocca  / Yo, príncipe y mendigo” (1995)
“Mercedes Sosa / La Negra” (2003). Segunda edición, 2010 Taducción al italiano (Giulio Perrone Editore) y al polaco (Pròszynski S-Ka). 

Teatro
“Federico García viene a nacer” (1986)
“Y ahora, la resucitada de la violenta Violeta” (1991)
“El novio de la memoria / Una resurrección de Cabezas” (2000)
“La Misa Humana” (1998)
“Tejada Gómez viene a nacer” (2006)
"Vincent, te espero desnuda al final del libro" (2007)

Novela
“Padres nuestros que están en los cielos / borgesperón” (1994)

Cuento
"Perfume de gol", dos ediciones, Editorial Planeta, 2009 y 2010
“Querido enemigo”. Editorial Planeta, Buenos Aires, 2013

Ensayo (Conversaciones trans–textuales)
“Fuera de contexto” (con Oliverio Girondo, Henry Miller, Juan Rulfo y entre Kafka y Van Gogh) (1991)
“Don San Martín, ¿a usted qué le parece?” (1992)

Ensayo - Ficción
“Don Borges, saque su cuchillo porque he venido a matarlo” (1979 y 1998)
“De fútbol somos”  (2001)

Ensayo periodístico (Reportajes y entrevistas)
“Caras, caritas y caretas” (1996 y 1997)
“Borges-Bioy / Confesiones, confesiones” (1997 y 1998)
“Madre argentina hay una sola” (1999)
“Argentinos en la cornisa” (2001)
“En qué creen los que SÍ creen” (2001)
"Escritores descalzos" (2010). Edición española: Clave Intelectual, Madrid, (2012)
"Gabriel García Márquez. Lo scrittore nel laberinto di ogni giorno. Conversazione con Rodolfo Braceli." Giulio Perrone Editore, Roma, Italia, (2011)
"Ciento un años de soledad" (2012)
“Libro-Antología de Entrevistas” (realizadas entre 1965 y 1998: Antonio Di Benedetto, Luis Federico Leloir, Alfredo Alcón, Julio Bocca, Luis Politti, Valentín Céspedes –hachero-, Tato Bores, Quino, Bioy Casares, Estela Carlotto, Nicolino Locche, León Gieco, Mercedes Sosa). Diario Jornada y Diario Uno, Mendoza, 2012

Poesía
 “Pautas eneras” (Primera edición, prohibida y quemada, junio de 1962; segunda edición, diciembre de 1962; tercera edición, Capital Intelectual y Diario Jornada, Buenos Aires, 2011).
“El último padre” (1974, 1978 y 2004)
“La conversación de los cuerpos” (1982)
 “Cuerpos abraSados” (1984)

"Vincent, te espero desnuda al final del libro". Alción Editora, 2007. Segunda edición, Galerna, 2009.

(La obra de Rodolfo Braceli se puede encontrar completa en la Biblioteca Nacional, Argentores, Biblioteca Teatral Hueney, Biblioteca Gral. San Martín, de Mendoza, TEA, entre otras.)

Periodismo

Comenzó en el diario Los Andes, de Mendoza.
Fue director fundador de la agencia de reportajes latinoamericanos PlenoSur.
En Buenos Aires, entre otros medios, fue redactor especial de la revista Siete Días, redactor jefe de Gente, jefe de redacción de la revista-libro Plural, jefe de redacción en Latinoamérica de Europa Press, a través de Ameuropress.
Sus reportajes y notas fueron traducidos a nueve idiomas y publicados en 23 países.



Teatro

Con algunas de sus obras se inauguraron teatros: en Mendoza, la Enoteca, y en Buenos Aires, La Capilla y la sala Roberto Arlt del Paseo La Plaza.
Su obra poética, teatral y periodística tuvo lecturas públicas y escenificaciones por destacados actores, entre ellos:
María Rosa Gallo, Jorge Marrale, Alicia Bruzzo, Inda Ledesma, Rodolfo Bebán, Mario Pasik, Jorge Rivera López, Manuel Callau, Gerardo Romano, Golde Flami, Ulises Dumont, María Vaner, Edda Díaz, Alicia Berdaxagar, Hugo Arana, Virginia Lago, Alfredo Alcón, Patricio Contreras, Juan Leyrado, Cristina Banegas y Miguel Ángel Solá.



Cinematografía

Escribió y dirigió:
“Nicolino Intocable Locche” (mediometraje, protagonizado por Locche).
“Qué será del siglo, qué será” (cortometraje, co-realizado con Juan Mandelbaum).
Fundó el sello Films de la Intemperie.
Como crítico, se desempeñó en el diario Los Andes, de Mendoza, y fue corresponsal de la revista Talía (dirigida por Emilio Stevanovich)


Conferencias, seminarios

Dio conferencias y recitales poéticos en once universidades de los  Estados Unidos y en numerosas entidades culturales y universidades de la Argentina sobre asuntos muy diversos: la democracia, el fútbol,  lenguaje y sociedad, humor y sociedad, etcétera.

Su seminario “Periodismo y literatura: El reportaje, secretos de profesión” lo dicta en escuelas de comunicación social y universidades.

Desde hace años viene trabajando sobre la confluencia de disertación, reportaje y teatro, en un nuevo género que denomina “Conferencia teatralizada” (en octubre del 2006, en la Biblioteca Nacional, realizó “Antonio Di Benedetto, sus días, sus noches, sus siestas. Y sus fantasmas”, con actuación de Juan Leyrado).  


Algunos premios y distinciones 

Como periodista, obtuvo el premio “Pléyade” (por su entrevista a Gabriel García Márquez, 1996). Y “Al maestro”, premio TEA (1996).
Como dramaturgo, ganó el Primer Premio Municipal de Teatro (Buenos Aires, 1991-1992), por su libro “Y ahora, la resucitada de la violenta Violeta” (escenificado con el título de “Violeta viene a nacer”).
Por su trayectoria como escritor y periodista, en el 2001 fue declarado Ciudadano Ilustre de Mendoza; y en el 2003 Ciudadano Ilustre de Luján de Cuyo, su lugar natal.

 
 
 
 
 
   
 

II. Retrato a varias voces

JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ
  (escritor, periodista. Del prólogo de Argentinos en la cornisa)
“Todas las tardes de todos los días de todos los meses del año, aparecía después de la siesta en puntas de pie, atravesaba nuestra redacción como un fantasma y se escondía detrás de su escritorio.
“Convenientemente inadvertido en ese mundo de corridas, malasangres, teléfonos histéricos y cierres impostergables en el que vivíamos sumergidos, Rodolfo Braceli desensillaba, abría su misterioso bolso lleno de papeles, libros y casetes, y extraía los restos de un prodigioso encuentro con Gabriel García Márquez, un tramo existencial de Alfredo Alcón o un diálogo postrero con Tato Bores o Niní Marshall, y comenzaba a batallar contra el teclado de la vida.
“Lo íbamos descubriendo de a poco, cuando la razón abría grietas en nuestra neurosis periodística y nos dábamos cuenta de que ese hombre bajito y rotundo, cifrado en anteojos y bigotes gruesos, con manos de boxeador y cortesía de poeta,  trabajaba de otra cosa. Vivía en otra dimensión. Hablaba, pensaba y escribía en otra frecuencia. Se daba a sí mismo la libertad de ser distinto en un oficio pervertido por la idea obsesiva de uniformar el lenguaje.
“Como se sabe, los que unifican la forma terminan por unificar el fondo. Y Braceli es esa resistencia. Y es, a la vez, la enorme virtud de hacer perdurable lo pasajero: mezcladas con notas de actualidad, sus páginas resplandecen, dejan la inequívoca sensación de que son imperecederas, de que van larvadamente urdiendo un libro, un mosaico, una Argentina.
 “Braceli es un gaucho. Leal y honesto hasta las lágrimas, pero también pícaro, suspicaz, e irresistiblemente taimado: ninguno de sus entrevistados sale indemne. Lo veo acercándose cautelosamente al caballo, dando vueltas alrededor suyo, acariciándolo, convenciéndolo con monosílabos y montándolo cuando menos se lo espera.
Y me consta que Braceli va desnudo a esa faena. No lleva cuestionarios, ni notas de archivo, nunca pacta nada, y le cuesta resignarse al grabador. Quizá porque, sin criticar a algunos de sus colegas, los critica de hecho cuando dice: “No soy un grabador. Eso es fácil: cincuenta dólares, un casete y dos pilas”.
“El Gaucho es un adivinador. Siempre les saca a sus entrevistados de la punta de la lengua los sentimientos que ocultan. Se los queda mirando, les dedica una interjección, los incomoda con ese uso desesperante de los silencios, y deja que pisen el palito. Cuando lo pisan, los deshilvana, los conduce, los ametralla. Practica una suerte de psicoanálisis campero. Y tiene por máximo objetivo retratar el alma. Sus reportajes son entonces la utopía de asir lo inasible. Deja, a menudo, que el azar meta la cola. Y el azar, en las entrevistas de Braceli como en las novelas de Paul Auster, siempre es socio del Diablo.
“Trajiné muchas redacciones, conocí entrevistadores de toda calaña y periodistas más o menos geniales pero siempre esforzados. Con Braceli me di cuenta de que la inspiración en periodismo es posible. Las musas nunca le fallaron. Tiene la maravillosa impudicia de haber escrito unos veinte libros, y de haber practicado con idéntica suerte e impunidad el teatro, la poesía, el cuento, la novela y el cine.
“Walsh se anticipó a Capote, a Mailer y a todos los teóricos de la non fiction cuando aseguró que la realidad y la ficción podían ser sometidas, con igual profundidad y validez, a los rigores de la literatura. Braceli, uno de los entrevistadores más originales y sensibles que ha dado el periodismo argentino, lleva a la práctica ese postulado, convirtiendo el simple reportaje de coyuntura en género literario. Cada entrevista suya tiene un montaje teatral y un diálogo novelístico lleno de claves secretas. (…) Me doy cuenta de que (éstas) forman una gran novela sobre el ser nacional. Es sorprendente que, en medio de esta globalidad triunfante, cuando nos quieren sustituir la memoria y transformarnos en híbridos pobres del mundo, un gaucho devenido intelectual pueda hacernos reflexionar sobre esa condición tan pasada de moda. La condición de argentinos.” 
 
MIGUEL ÁNGEL SOLÁ  (actor)
“Braceli escritor.
Braceli periodista.
Braceli fabulador de historias siemprejamás vividas.
Braceli parrochaprovincianapostergadaporquehaymuuchoquehacerquelotiró.
Braceli, único-todos, Braceli.
Braceli eterna humanidad.
Braceli viento en contra y a pesar de todo.
Braceli huevo-pichón-ave fénix-ángel...
Braceli expresión–carne de un Dios que se regocija al leerlo...
¡Cuánto fuego por poesía humana!
El suyo, encendido ayer, hoy y mañana, llama o brasa, según quién.”

CARLOS ARES  (periodista)
“Durante los años de la dictadura, Rodolfo era un modelo para todo joven periodista de mi generación: todos queríamos ser periodísticamente como Braceli: fue el que mantuvo un pedazo de la ternura, que no desapareció, y de la sensibilidad, que tampoco desapareció en aquellos años.”
 
CRISTINA CASTELLO   (periodista)
“Rodolfo Braceli es un voyeur. Con gula por la vida y ojos hambrientos de luz, se pone de puntillas y escarba en el alma de sus entrevistados. Pero hace trampas: porque no va solo. Está siempre con la poesía. Ella le revela, le devela, le enciende y le hace encender las hogueras: es su arma celeste. Y así acorazado, tira semillas –pues eso y no otra cosa son sus preguntas– con las que hurga en los personajes. (…)Entonces, como todas las semillas que este fisgón tira están llenas de su alma, los entrevistados emergen en la cosecha llenos del alma suya. De un alma donde arde la vida como estética y fraternidad, como travesura y curiosidad. Así es la primera parte de su trabajo: el diálogo. Y la segunda es tanto o más compleja. Porque con el material que tiene y la siempre austera cantidad de líneas del periodismo, él escribe una ficción que –paradójicamente– refleja la verdad más honda de cada personaje. Por eso cada uno parece un calidoscopio y muestra caras –sin máscaras– que jamás se hubieran conocido, sin su mediación. Me honra -y me alboroza- decir que Rodolfo Braceli es el mejor entrevistador de la Argentina.”

SUSANA ESTHER SOBA   (poeta, crítica)
 “Una fiesta. Una certidumbre de poesía. Un deslumbramiento total. Carne y levadura apacentada en ese continente tierno, desesperado y lúcido en el que habita Braceli. Goce, sí, de leer `La conversación de los cuerpos´, poemario fuerte, caliente, intenso de ganas, de fiebre vital, de desenfado. Fuerte y bello, arroja sobre los límites precisos de la rutina y las tabulaciones éticas y estéticas a ultranza un alto viento reparador, una llamarada audaz, un torrente de sentimiento vivo y tumultuoso que sacude toda inercia, toda hipocresía, toda palidez moribunda. (...) Braceli ha lanzado sobre el adocenamiento chato y gris de tanto escriba presuntuoso, sobre esa medianía lamentable de tanto libro forzado y vano, este grito jubiloso, esta caricia cósmica, esta sensación profunda de que no todo está perdido cuando el verbo puede alzarse con tanta claridad y hermosura.”

GONZALO QUEVEDO (poeta)
“Primera toma.
A ver Rodolfo si se queda quietecito ahí, voy a disparar. Ya ubiqué la cámara y quiero que esta foto sea el ícono de los sobrevivientes. Quiero retratarle el alma, usted me ha enseñado a hacerlo. Yo quiero, todos los días, ser un buen discípulo, no mirar a la gente en contrapicado, elegir mezclarme con la piel ajena aunque ande suelto el carnicero. Quiero que esta foto, también, sea un ayudamemoria y que mañana, si me olvido de la sencillez, lo tenga a usted a mano. Y junto a esta foto guardaré sus libros. No como quien guarda un evangelio sino como quien hace justicia por mano propia. Espero poder acertar el diafragma para que la imagen no queme su adicción a la vida, esa íntima luz que despliega. Quédese quietecito Rodolfo. Su imagen será de las pocas que merezcan rev(b)elarse. 
 “Segunda toma.
Me cita en el “Bar de García”. Voy a encontrarme con el tipo que escribió “no todos tienen la suerte de tener un padre carpintero”. Voy a encontrarme con el padre de El último padre. Lo había conocido cuando elegí escribir un discurso para celebrar que lo declaraban ciudadano ilustre, tomándome el atrevimiento de declararlo yo “serhumano ilustre”. Yo había especulado en el tren sobre mis ideas metafísicas, a fin de impresionarlo, pero esa noche encontré a un artista sin retóricas, a un tipo que escribe y no a un escritor que juega a ser buenhombre. El Rodolfo es de los tipos con los que no es necesaria la obsecuencia. Y si bien es un tipo normal no puede evitar haber nacido poeta: él habla en poesía. Tal vez no lo sepa. Durante la charla, Malbec mediante, desplegó infinidad de anécdotas con una humildad inusual: el Rodolfo fue capaz de engañar a Borges con una historia de cuchilleros, entrevistó a los más grandes, se hizo de secretos inconfesables y no siempre los confesó en sus textos. Uno, por obtener alguna de aquellas intimidades que él frecuentó, entregaría el mundo; pero él lo cuenta de una manera inusitada. Te da un pedacito de su universo impredecible como souvenir. No es raro: ha domesticado a lo cotidiano hasta hacerlo poesía. Su madre es a la Historia más que Marguerite Duras; su madre supo notar que un lavarropas es un “jabón de lujo”, y es heroica como tantas otras en Madre argentina hay una sola. Y después los intelectuales teorizan sobre la razón por la que el Rodolfo consigue que sus entrevistados se “confiesen”. Es más simple de lo que parece: cuando se acerca a alguien va, no en calidad de periodista estrella, y un pedacito suyo queda pegoteado a las preguntas. No le interesan los ojitos de neón: quiere saber, como un niño, qué hay detrás. Y sabe cómo encontrarlo sin imposturas. Es de esos tipos que tienen la peculiar cualidad de conseguir un equilibrio entre el oxímoron y lo mundano, ese camino, ese sendero que se abre entre dos extremos y que es, en definitiva, el espacio en el que existimos. Me atrevo a decir, con perdón de su humildad, que su más grande virtud es la de interpretar la subjetividad ajena y no en el chisme barato, lograr que los demás le compartan su visión del mundo y, mucho más importante, no deformarla sino, bajo estrictas y personales medidas éticas, respetarla. El Rodolfo podría escribir una biografía de Napoleón en la que la condición de emperador pasaría a ser un dato anecdótico. Por eso lo quise desde sus Pautas eneras, y no me equivoqué. Aquella noche había aprendido más durante una cena con él que en un mes de clases. De la misma manera que aprendí de literatura y de amor al mismo tiempo leyendo El último padre; de la misma manera que casi muero de un coma erótico leyendo Cuerpos abraSados.
“El Rodolfo no es relativo: es de los pocos que aceptan que todos tenemos una pizca de ternura y de cinismo; su Borges y Perón son a la vez niños y monstruos, déspotas y mascotas. El Rodolfo creatura no reniega de su propia criatura, de la criatura que componen su pasado provinciano, y sus libros quemados, y su poesía convertida en tesis de doctorado. ¿Y todo eso, qué? El Rodolfo está feliz porque sueña una película, está feliz porque se va una semana a ver el mar, está feliz porque Noemí por fin conoce las acequias. Es un ser humano, qué lo parió, es un ser humano con todas las letras y con la capacidad para hacerlas vibrar en una página; con la capacidad de que las palabras tengan, por una vez en la vida, la oportunidad de vivir, de latir un poquito. Es un dador de vida, una creatura, responsable de tantas resurrecciones: justo él que no sueña con la eternidad, justo él a quien la perpetuidad lo tiene sin cuidado. Justo él, que ha sabido dibujarnos, hacer el mapa de nuestros cuerpos y nuestras almas con precisos trazos que nos recordarán como especie.”

 
 
 
 
 
   
 
III. Autorretrato

Si no hubiese sido por mis padres yo no hubiera nacido. Y si no hubiera sido por mí. Por mí, que quería ver cómo era afuera. Con los años aprendí que afuera es adentro. Ya era tarde.
Tomando por cierto que nací, eso me pasó en el Luján de Cuyo de Mendoza, Argentina, al oeste del paraíso, una hora después de concluido el 12 de octubre de 1940. Sí, el 13. El trece.
Soy el segundo de tres hermanos varones. Nací de padre y madre, porque ellos y porque sus anteriores también. Hasta donde sé, por mis cuatro costados vengo de españoles, la mayoría de Valencia y del País Vasco.
Mi padre, Andrés Braceli, vino solo, a sus catorce años, con la mudanza primordial de cualquier inmigrante. En el puerto de Buenos Aires lo esperaba nadie. En Mendoza ya estaba su padre, también Andrés, que a lo bestia abría zanjas para las primeras cloacas del Luján de Cuyo. En España, mi abuela Paca aguardaba, con los otros hijos, los dineros para viajar ellos después.
Mi padre no fue jamás a la escuela. Mi abuelo, el bestial, consideraba sin atenuantes que eso del estudio era cosa de vagos y de atorrantes. Cuando ya había cumplido sus veintiún años mi padre empezó a tomar lecciones particulares con un maestro. Clases de castellano, gramática y contabilidad. Y algo de caligrafía. Guardo los recibos por el pago de esas lecciones clandestinas: las recibía en horarios imposibles, a escondidas, temeroso de las furias contundentes de su padre. Temeroso y respetuoso. Nunca dejó de comprenderlo: El viejo es así, nos decía con los ojos a punto de lágrimas.
No había mi padre cumplido los veinte años de su edad, cuando fue alcanzado por esa enfermedad devastadora que hacia 1930 se nombraba parálisis infantil, después conocida como poliomielitis. Más que de la terrible enfermedad hubo que salvarlo de las furias explícitas de mi abuelo: la consideraba mañas para no trabajar. Pero siguiendo los extremos consejos de un médico naturista alemán (baños de agua helada en pleno invierno y mucha gimnasia en barras) doblegó a la polio. Que sólo le dejó una pierna muy flaquita, pero tan caminadora como la sana.
A mi madre, Juana Zarategui, la describo en un capítulo del libro Madre Argentina hay una sola. Ella sí pudo ir a la escuela, pero apenas llegó al tercer grado. Al contrario de mi padre, ella no leyó jamás un libro entero. Ni los de su hijo ni los de nadie. Su ignorancia no tenía grietas. Pero eso sí, usaba el primordial castellano como si tuviera los códigos de otros tres o cuatro idiomas secretos. Quiero decir que hablaba todo el tiempo con doble intención, y con triple también. Las palabras estaban al servicio de la adivinación y de la indirecta. Paradójicamente, cuando se calentaba –cosa demasiado frecuente– era muy frontal.
Una vez mi madre me dijo: “Cortáte ese pelo, parecés poeta”. “Mamá, si soy poeta”. “¿Ah sí? ¡Cortáte ese pelo te digo!”
Me corté el pelo, por supuesto. No perdí la fuerza. Perdí la poesía. Hasta que me creció de nuevo, la poesía.
Madremía.
Yo vengo a ser un amasijo de la aguda malicia de mi madre y del irreparable candor de mi padre. Mi madre era pesimista porque contaba con el optimismo de él. Mi padre era optimista porque contaba con el pesimismo de ella.
Los dos, desde que se casaron vivieron absolutamente siempre juntos. No dejaron de verse un solo día. No los separó ni la horrible terapia intensiva. Ellos trabajaron juntos, hicieron juntos, criaron juntos, sufrieron juntos, juntos soñaron. Trabajaban, como tantos, todos los días del año; las primeras vacaciones las tomaron cuando estaban rumbo a sus setenta. El trabajo como sacrificio, como mandato, como celebración, como única religión, como talismán; siempre el trabajo.
Mis padres.
Decir que ellos me escriben suena a pavote lugar común. Si es preciso que jure por la sangre del aire, lo juro: no es frase de ocasión: ellos me escriben lo que escribo. Cada mañana me alzan. Y adelante. A meterle.

 Algunas credenciales

Soy agnóstico los días pares y ateo los días impares. Eso creo.
A la palabra Dios la considero finalmente eso, una palabra. A algunos les sirve como coartada, a otros como talismán de talismanes, a otros para cancelar el vértigo de las eternas preguntas eternas. A otros no sé, no sé. Cada uno dispone de la palabra como quiere y/o como puede.
Yo la he dejado en paz y en silencio; bastante la he trajinado, con decir que la escribí de tres maneras: Dios con mayúscula, dios con minúscula y Diós, con acento, desesperadamente. Después de eso, adiós Dios.

Soy argentino.  Sumamente argentino. Consumí tres, casi cuatro décadas de mi vida en darme cuenta de que ser argentino no es nada del otro mundo: es algo que le puede pasar a cualquiera.

No consigo encontrar diferencia, para mí, entre respirar y escribir. Ya sé que no dejaré nunca de aprender, a respirar.

¿Qués poesía?  Si me preguntan respondo:
–Por empezar no es vocabulario poeticudo. Ni es fabricación de hermetismo. Ni es una vuelta de tuerca más. Tampoco es andar tosiendo vida por el mundo. 
–Vamos, de una vez, ¿qués es poesía?
–Poesía es el abismo que hay entre palabra y palabra.
–¿Y el abismo qué es?
–Menos averigua Dios, y Dios ni sabe si Dios existe.

Si me siguen preguntando sigo respondiendo:
–¿Y quién es poeta?
–Es ése que ahora, justamente ahora –observémoslo– salta al abismo con los puños muy apretados.
–¿Qué guarda en los puños?
–Semillas.
–¿Semillas para sembrar el abismo?!
–Sí.
–¿Semillas de qué?
–Eso no se dice.

Misas.  Mi madre iba a misa una vez por año, por si acaso, porque uno nunca sabe. Mi padre, nunca. Mi padre, un raro socialista romántico, elemental, que pagaba doble aguinaldo a sus empleados cuando aquí ni se conocía la palabra aguinaldo, quiso que yo tuviera algunos años de colegios de curas. Por eso fui al San Luis Gonzaga; allí los docentes eran maestras dirigidas por jesuitas. A continuación, tres años con los salesianos de Don Bosco. Muchos años después escribí La misa humana, una misa, pero al revés, en la que los antiguos mandamientos son los nuevos pecados y los antiguos pecados son los nuevos mandamientos.

Confesión.  En la escuela primaria me enamoré sucesivamente de tres maestras: de una agudamente, de la otra gravemente, de la tercera esdrújulamente.
¿Y ellas? Ellas  tampoco. No quisieron confundir docencia con decencia. Qué les hubiera costado. Una lástima.

Mandato.  En cuanto al viejo mandato de “tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro”, lo cumplí, y sobradamente. Hijos, dos; árboles, tres; libros, van para treinta. Pero.Pero no sé bailar. Y peor todavía: aunque sé, no me animo a silbar del umbral de mi casa para afuera.
Soy un discapacitado imperdonable, entonces.

Escena con madre.  Éste que soy para los demás (los demás vendrían a ser los que respiran afuera de mi cuerpo y de mi mirada), éste que vengo siendo, en su primer atisbo de libro, Pautas eneras (el que fue prohibido y al tercer día quemado) éste, debajo de una foto que iniciaba las páginas de aquel librito, escribió (naturalmente, sin darse cuenta) una variante del “mientras  más conozco a los hombres, más quiero a mi perro”. La variante decía: “Mi perro es la persona con la que más converso”.
Madremía, la que jamás leyó un libro, ni medio ni una página ni una contratapa, madremía leyó aquello tal vez inducida por la foto de su hijo. Leyó aquello y me llamó y me cagóapedos mientras me servía la comida de ese día:
–¿Así que nosotros somos menos que el perro ése? Ganas me dan a veces de agarrarme del cable pelado de la plancha y terminar con tanta herejía… Comé de una vez, hereje, que se te va enfriar la sopa ¡y vas a llegar tarde a la facultad!”
Si yo hubiera sido madre de mí, y hubiera leído que mi hijo escribió en la primera página de su primer libro “Mi perro es la persona con la que más converso”, a mi hijo levescritor lo hubiera insultado mucho, y le hubiera servido nomás la comida antes de que se le enfriara, mientras el corazón me estrujaba la garganta y un puñal interminable me atravesaba el pecho y el cuerpo del alma y el mismo corazón y todo.

Mientras tejo y destejo las eternas, las desfondadas preguntas de siempre, cumplo con algunos requisitos: estoy persuadido de que al Sol, desde encima de aquí abajo, hay que darle una mano. Porque el Sol no puede hacerlo todo solo. Como quien dice: no dejemos, no dejemos que el sol nos pierda la memoria.
 
Acuso algunas taras ortográficas: tengo que hacer un esfuerzo de hernia para no escribir abrir con V corta. Y me parece una picardía no escribir escuende en vez de esconde. Esa U de escuende es, en sí, un escondite. Por favor.

Soy del parecer que se es alguien cuando se es testigo. Sin jactancia, me precio de ser alguien por haber sido testigo de sucesos singulares. Refiero uno que merece memoria:
Estando yo, uno más, en un enorme trasatlántico, vi y escuché:
–“¡Saltó de la pecera! ¡Pronto, al capitán, avisen al capitán!! ¡El pez ha caído al mar / al mar / al mar / el pez!” 
 
He aprendido en carne propia que la Vida sin lentes no tiene sentido.

Estoy en condiciones de avisar a la población: Abel las mataba callando. No era tan bueno como se insiste. Ni Caín tan malo.
En la adolescencia de ambos, cierta noche Caín se subió a una escalera para atrapar una estrella que esta ahí, ahí nomás.
Abel le arrancó la escalera. Después, con el tiempo, pasó lo que pasó.

Cierta vez vi a un tipo, escritor y pensador, que tuvo una idea.
Tuvo una idea y perdió el conocimiento.

Padezco el karma de Adán y Eva, en cuanto a las expulsiones. En realidad, quien más quien menos, puede narrar su vida al compás de las expulsiones.
En cuarto grado me expulsaron del San Luis Gonzaga por insultar durante más de dos minutos a una maestra que rompió mi examen recién aprobado (al margen de la injusticia, debo decir que la maestra estaba buenísima, de organismo.)
Al comenzar el tercer año de Filosofía y Letras me expulsé yo, entre otras cosas, porque salvo un par de profesores y tres o cuatro estudiantes allí no había nadie a quien tenerle envidia. Se confundía vocabulario académico con lenguaje. La chatura con el nivel del mar.
Rajes, despidos de diarios y revistas tuve varios. Las indemnizaciones las usé para hacer cine y más teatro y libros.
Seis, casi siete años, estuve sin poder escribir en mi patria idolatrada: desde el 75, cuando la Triple A le abría camino a la dictadura del 76, hasta entrado el 81. Entonces me las rebusqué escribiendo para Ameuropress, una agencia que producía y repartía por más de 25 países reportajes latinoamericanos.
Digamos que así me exilié sin necesidad de irme. Tuve la incalculable fortuna de estar impedido de escribir en la Argentina de aquellos años, en los que en nombre de la patria y la familia y las buenas costumbres se violaba la vida y se violaba la muerte. Digamos, la fortuna de desaparecer antes de ser un desaparecido. Aquello, ni heroísmo ni cobardía. Para tantos no había más remedio que tener coraje, para irse. Y para otros tantos no había más remedio que tener coraje, para quedarse.

¿Dónde estoy, dónde estamos parados?  Habitante de aquí, siento como si estuviésemos adentro de un inmenso lavarropas. Tantas veces decimos que hemos tocado fondo queriendo convencernos de que, en adelante, nada peor puede pasarnos y que en adelante, por la simple casualidad de ser argentinos, mágicamente todo ha de ser mejor. A veces creemos hacer pie. Pero. Resulta que estamos sobre la tapa del lavarropas, cabeza abajo. Aquí entre nosotros la historia es una fervorosa licuadora que tanto sirve para darle la razón a Discépolo como para distraernos de nuestras negligencias, agachadas, complicidades, indiferencias. El caso es que la fervorosa licuadora hace un ruido –coyuntural– que nos impide lo esencial: escuchar los latidos del corazón y por quién han venido doblando las campanas.
Cuidado, mucho cuidado con absolvernos ligerito.  

Puntos cardinales. Pregunta: ¿Al rumbo lo hemos extraviado o el rumbo nos ha extraviado a nosotros? Ya entrados en el tercer milenio, otra preguntita: Aquí en la Argentina, ¿cuántos son los puntos cardinales?
Don Vicente Huidobro nos diría que los cuatro puntos cardinales son tres: el norte y el sur.
Qué optimista el grandísimo poeta chileno. O, tal vez, qué piadoso… Seguramente no quiso descorazonarnos: no quiso anticiparnos que aquí, en la Argentina consumada en los años noventa, los 4 puntos cardinales iban a ser reducidos a dos: el Norte.

El Hamlet argentino.   Pienso: Nuestro drama, el drama argentino, es una tragedia.
La tragedia, de nuestro –dicho sea– entretenido drama, consiste en que, para el Hamlet argentino, la cuestión viene siendo: parecer o no ser.

Lo malo del destino es que no se lo puede coimear. Lo bueno.

Nunca es tarde para:
Aprender a respirar.
Dar un abrazo sin aviso.
Dar una flor de patada en el culo.
Dormir la siesta. 

Aquí, en esta patria idolatrada que de pura casualidad se sigue llamando Argentina, aquí, el que no es campeón mundial de algo es un pelotudo.

Si yo fuera un pez y si los peces escribieran, diría que soy un pez afligido y fascinado por una suerte-desgracia de ambigüedad. Sucedo en una zona imprecisa, en el límite siempre cambiante y borroso entre el río y el mar. Entre el agua dulce y el agua salada. Considerado por los habitadores del río soy un extranjero, ya habitante del mar. Considerado por los habitadores del mar, soy un extranjero todavía habitante del río. Esa perpetua transición es mi mochila, mi karma, la razón de que tenga tan poco calce en los benditos suplementos literarios. Con denuedo trato de saber cómo se llama esa franja en la que el río empieza a ser mar y en la que el mar no ha terminado de ser río. Pero no hay caso: esa franja no tiene nombre, es una patria sin bandera, es un agua de nadie. Una maldición cercana a la pesadilla. Por favor, no vayan a creer que me estoy quejando: resulta fascinante, así en la vida como en la escritura, suceder entre las últimas aguas del río y las primeras aguas del mar.

Nunca le demos más de dos patadas al perro. En una de ésas el perro existe.

Atención al cruzar la calle. Mucha atención. La lata con velocidad hace dolor.
 
Novela larvada. Pocos saben que desde hace un rato que atraviesa tres, cuatro décadas, con mis reportajes-conversaciones-reportajes estoy escribiendo una novela subcutánea. Cómo decirlo: estoy jugando a las escondidas, reflexionando, elucubrando y soñando a través de sucesivos personajes.
Yo busco que los demás se distraigan con los famosos apellidos. Pero a la vez me enoja que los demás se distraigan con los famosos apellidos.
Soy un entusiasta ratón que fabrica trampas para cazar ratones.
Y bueno. Cada uno juega a su modo durante el tránsito de este eternamente inexplicable pestañeo de eternidad.
Hago esa novela larvada, secreta y a la vista. Mientras la tejo –insisto– me desconsuela que tantos miren la punta de mi dedo y no la hormiga y no el elefante que mi dedo está señalando.

Qués la Vida.  Aludimos a la desoladora fugacidad y/o brevedad de la vida, con magras pobres palabras gastadas. Palabras nacidas de la extenuación de tanta eterna pregunta sin respuesta ni retorno.
Esas magras pobres palabras gastadas terminan diciendo que la vida es un pestañeo. Mientras pronunciamos pestañeo el pestañeo ya sucedió. Era en vez de es. Pestañeo incorregible. Irreparable pestañeo. Un relámpago dura más porque queda un instante en la retina de la inmensa noche.
Sea como sea, nos aferramos al pestañeo compuesto de días, noches y siestas. Cumplimos años inocentemente. Siendo temerariamente optimista podría uno balbucear que, después de todo, uno crece.  Crece en la medida en que va soltando el lastre de sus magras certezas. Uno cree que crece. Al menos.
Posdata: Cuando no hay en nosotros más lastre, cuando no nos queda ni siquiera la viruta de la más remota certeza, sucede que uno está listo para dar el paso a través del umbral.
¿Qué hay del otro lado?
¿Tiene olor a algo el sucesivo silencio?
¿Olor a qué, tendrá la nada?

Quiero suponer: debe haber algún dios que no se nos cague de la risa. Algún dios que nos perdone decir esperanza.

Después de tanto y tanto merodear  por las vanas palabras, al final de algunos días una pregunta me cae sobre la mollera: ¿Y la Vida, qué?
No tengo el coraje de hacer silencio. Caigo en la tentación, y enhebro nomás una respuesta:
–¿La vida? Una fascinación que no cesa.
La vida, nos haga lo que nos haga, no está para perdérsela.
La vida, ¡joder! nos tiene emputecidos.
La vida, no hay caso, no podemos vivir sin ella.
Y ella, la Vida, ¿podría vivir sin nosotros?
Capaz que sí, la muy perra.

 
 
 
 
 
   
 

IV. Fragmentos para un retrato

(Estos textos (con opiniones, ocurrencias, pensamientos, fragmentos de ensayos, columnas y poemas de RB), fueron reunidos por  alumnos de la escuela de periodismo TEA, de Buenos Aires. Son el resultado de una serie de entrevistas y búsquedas grupales, realizadas entre agosto y setiembre del 2005.

Conocidos
Conocí a un cura que era mujer.
Conocí a otro cura que se sacaba la cera del oído con el dedo meñique.
Conocí a otro cura que no se bañaba jamás... Dejad, dejad que los niños vengan a mí… Y los niños no le venían.
Conocí a un cura que amenazaba a los que comían manzanas. (Digo, por la fruta prohibida. ¡Pero tengo que explicarlo todo?)
Conocí a un cura que nunca soñó con ser papa. Ni papá.
Pero, lo más extraordinario de todo: conocí a un cura que creía en Dios.

Monjas he conocido, también. Graciasadiós. Macanudas las monjas: preciosas cristianas: sobre todo las que saltan las murallas de los cómodos conventos y tienen el coraje de afrontar las verdades de la intemperie, con sus dolores, con sus olores.

Pero no vaya a creerse que sólo he conocido intermediarios de los altos cielos en la tierra. Entre los humanos singulares que recuerdo, me viene ahora un poeta que se debatía en una desgarrante disyuntiva: amanecía días en los que para nombrar al mar decía el mar. Otros amanecía pronunciando la mar. Aparte de no saber dedóndevenimos y de no saber adóndevamos, el poeta cargaba con esa desasosegante cruz. Atravesaba las horas, los meses, los años sobre el botecito de esa ambivalencia: el mar… la mar… el mar… la mar… el mar…
Cuando cumplió los cincuenta años de su edad, el lírico ambivalente amaneció, ya en ayunas, diciendo la mar el mar...  la mar el mar… Entonces el tipo afrontó un espejo y en voz alta, sin contemplaciones soltó la tremenda pregunta: ¿Será que soy bisexual? 

Ah, me lo olvidaba:conocí a un hombre sin mujer, con los hijos demasiado lejos, que en la mitad de las noches más frías iba a la iglesia y golpeaba con sus nudillos. La sola vez que fue atendido por un cura bostezante, le preguntó:
–¿Queda Dios?

Una brindería
Más por la edad que por otra cosa, uno se encuentra con que empiezan a decirle maestro. Lo invitan a dar conferencias y recitales y cursos y seminarios. Uno se deja. Porque nada es más tentador que la tentación. En uno de mis seminarios algunos alumnos inquietantes me apretaron fiero y sin darme respiro me preguntaron cómo me las arreglaría yo, para ganarme la vida, si no fuera con el periodismo y la literatura y sus efectos colaterales.
Me arrinconaron de tal modo que al final intenté escaparme con una salida ingeniosa. Les dije que, perdido por perdido, me ganaría la vida abriendo un pequeño negocio, una brindería. Tuve que explicarles qué es una brindería. Recurrí a ejemplos: así como en las jugueterías se venden juguetes, y en las verdulerías verduras, y en las pinturerías pinturas, en la brinderías se venden brindis para toda ocasión. 
El ingenio es un modo de mentir, y tiene patas cortas. Los alumnos me conminaron a que les dijera algunos de los brindis que yo tenía en stock. No muchos, un par de docenas. Y me dijeron que debían ser brindis propicios para usar en la cena del 31 de diciembre de 1999, saludando al nuevo milenio que venía a caballo del siglo veintiuno. Me salvó el gong. Les prometí llevar los brindis en el encuentro de la semana próxima. Las venitas del cerebro que sirven para las ocurrencias, esa semana se acurrucaron, se acuclillaron, enmudecieron. Ante eso decidí robarlas a alguien que no me denunciaría: fui a un par de libros míos y de allí saqué una punta de brindis, todos a partir del luminoso vino oscuro. Estos fueron:   

¡Que el vino nos sea y haga de música toda la sangre!
Sea el vino, que se arroja sobre nosotros. ¡Tengamos el coraje de no resistir!
Sea el vino, para que no termine un año más sin que contraigan casamiento el señor Ajo y la señorita Cebolla.
Sea el vino, por el olor a vida que flamean los cuerpos haciendo el amor de los amores, a rajacincha.
Sea el vino por los bienaventurados. ¡Por los bienaventurados que se aventuran!
Sea el vino, ¡por la furia y el sosiego... por el grito y el silencio!... ¡por la gota nacida de la gloriosa fatiga!
Sea el vino, ¡por los techos de las casas que abrigan los cuerpos abrazados, abraSados!
Sea el vino, ¡por la piel, y la piel de la piel, y la conciencia de la piel, porque piel mediante estamos tocaaaaando el cosmos!
Sea el vino, por los colores, todos los colores, ¡y el fatigado gris también!
Sea el vino, ¡por la nuez, y lo que tiene tan adentro!
Sea el vino, ¡por el  hombre y la mujer cuando tienen las manos limpias porque no se lavan las manos!
Sea el vino, ¡por toda escuelita, y por toda carpintería, y por toda casa sin puertas con las puertas abiertas!
Sea el vino ¡por los que pierden la vida pero no pierden su dignidad! ¡Por los que fueron borrados del mapa pero jamás podrán ser borrados de la memoria del aire, que tiene memoria!
Sea el vino, ¡por la palabra, porque siempre llegará más lejos que todo misil, que toda prepotencia, que toda impunidad!
Sea el vino, ¡por el alarido jamás escuchado de la hormiga!
Sea el vino, ¡por el error, y por el fracaso, y por el exabrupto, y por el tropezón!
Sea el vino, ¡por la imprenta, la última, la más pequeñita, ésa que se llueve cuando llueve en el mundo!
Sea el vino, ¡por los perros y las perras que se ensartan en la vereda, en las narices del policía!
Sea el vino, ¡por el rubor del durazno, por la sabiduría de las uvas, por la franqueza de la aceituna, por el orgullo de la cebolla, por la cordialidad del orégano, por la emoción de la albahaca, por el coraje del ajo!
Que sea y sea el vino, ¡por los que hacen el pan y hacen el amor y hacen los hijos con el mismo sudor!
Que sea y sea el vino, ¡por el mismísimo Apocalipsis, porque al Apocalipsis ahora mismo le estamos rajaaaando el vientre y de cuajo le vamos a arrancar una aurora!
Que sea y sea el vino por los humanos, cuando obedecen a sus sangres, y no saben, y no saben lo que hacen ¡pero hacen bien!
Que sea el vino y el vino nos sea: ¡manos a la obra! ¡sudores a la obra! ¡labios a la obra! ¡salivas y lenguas y sales y tajos y vigas a la obra! ¡corazones y sangres y sueños a la obra!      

De limón a corazón
Jean Baudrillard, el francés pensador de la modernidad posterior –también llamada posmodernidad–, opinaba que “menos mal que nada está presente ni es idéntico a sí mismo. Menos mal que la realidad no existe…” 
Creo que el hombre tiene razón. Justamente, mientras le doy la razón a su hallazgo, abro mi ventana y veo lo siguiente:
Un limón da un salto, gira en el aire y cae
¡y se convierte en naranja!
Y la naranja rueda por el aire en otro salto y cae
¡y se convierte en tomate!
Y el tomate saca pecho, no quiere ser menos, da otro salto memorable y cae
¡y se convierte en corazón!
((No es para menos lo que le ocurre al modesto limón que se recibe de corazón. Es para más. Porque tiene la originalidad de estar despierto. Eso es: la realidad no existe porque existe demasiado. Ante esto optamos por la coartada de desmayar, hasta la amnesia, el pulso de cada uno de los cinco sentidos.))
 
Democracia, insomnio
Me llevó años, décadas, comprender que en países saqueados (desde afuera y desde adentro), en países así de azotados y así de desalmados como el nuestro, la mentada democracia es siempre un delgado hilo que se puede cortar en cualquier momento. Cumplir años, sumar edad, no siempre significa crecer. Por eso entiendo la democracia como un insomnio. Porque entre nosotros nunca termina de coagular –estamos lejos de eso. Porque no es ni joven ni adolescente ni niña, apenas si gatea con la mollera sin cerrar del todo, nuestra democracia.
Aquello de que la democracia es el menos malo entre los sistemas conocidos se ha convertido en una penosa comodidad. Dejémonos de joder: la democracia es lo que somos, lo que hacemos y no hacemos con ella: un espejo que nos espeja. Como pasa con el fútbol, el espejo no tiene la culpa. Enojarse con el espejo es una pueril coartada. Crucial güevada. O una güevada nomás.
 
Teoría del Aire
–Rodolfo, finalmente, ¿usted cree o no cree en el “más allá”?
–A ver si consigo explicarme: no creo en la división entre el más allá y el más acá.
Menos creo en el cielo y en el infierno.
–Entonces tampoco cree que haya, digamos, buenos y malos.
–No acepto esa tajante división entre malos y buenos. En todo caso, acatando que haya buenos, los buenos son malos pendientes.
–No creer en nada, a la hora de las inevitables muertes, ¿no le resulta desolador? Para su vida, ¿tiene algo parecido al consuelo?
–Sí, el consuelo precisamente lo encuentro en mi Teoría del Aire. Siento, como cosa palpable, tangible, que el aire que en su momento tocó realmente a nuestros seres queridos, sigue estando y es el mismo aire que nos toca ahora a nosotros. En otras palabras: aire mediante, con nuestros seres queridos siempre nos estamos tocaaando. Basta con darse cuenta que...

El cuerpo se nos muere con la muerte.
Eso dicen.
Pero, ¿quién sabe?

Nadie tiene en cuenta que el aire,
ese aire que todo lo vio de nuestros cuerpos,
posee su memoria.
Y esa memoria riega la corteza de la Tierra.
La riega y la regará.

No es cierto que el cuerpo se nos muere con la muerte.
No. ¡Quién lo dice!
Recordemos:
agazapado, detrás de la nuca del absurdo,
está,
haciendo lo suyo
el aire que nos miró, nuestro aire
tan memorioso,
tan fiel,
más voluntarioso que el tiempo,
más eterno, ¡más porfiado que la pobre muerte!

Y ese aire que tanto nos miró
seguirá tocando las cosas de la vida.
¡Y nosotros sobreviviremos a nosotros!
¡Y el hombre sobrevivirá al hombre!

–Prescindiendo de su Teoría del Aire, ¿dónde piensa que van los muertos queridos?
–Creo que están respirando de otra manera.

Teoría de la Resurrección
–En varios de sus libros y obras teatrales, usted utiliza la “resurrección” no como metáfora sino como herramienta concreta. ¿Qué explicación tiene para ese desembozado afán resucitador?
–Los que matan a los vivos y esconden y traspapelan a los muertos, ellos, para la asesinación, para la violar primero a la vida y violar después a la muerte, no nos piden permiso. Ellos se conceden la posibilidad de matar, sin asco.
Uno puede (y debe), sin pedir permiso, concederse la posibilidad de resucitar, a rajacincha. Toooodas las veces que haga falta.
Es que, compatriotas como somos en esta arenita que flota perpleja en el cosmos, sin andar resucitando la vida no tiene sentido. Y la muerte tampoco. Ante semejante evidencia, tenemos la obligación de ser más absurdos que la absurda muerte.
Entonces, propongo una manera para eso: resucitar. Resucitar a quienes queremos. A quienes fueron desgajados de los días y de las noches. Resucitarlos, pero sin gestión, sin intermediarios celestiales, sin incienso, sin dogma mediante. Resucitarlos sin metáfora. Ahora y no después. Resucitar aquí
Entiendo la resurrección como la más extrema de las utopías. Como la más recomendable. Como la más imperiosa.
Por otra parte, muchas veces, sin darnos cuenta, hacemos resurrecciones.
–¿Por ejemplo?
–Ahí tenemos a mano un libro del tan asesinado Federico García Lorca. Lo alzamos, lo abrimos en cualquier página, empezamos a leerlo en voz alta… Estamos resucitando a García Lorca. ¿Quién se animaría a negarlo? Ahí está, Federico, con su pulso latiendo. Y si lo leemos en vos baja o en silencio también lo resucitamos. El silencio, sobre todo el silencio, tiene pulso.
Pero atención: no sólo con poetas es la cosa. También podemos hacer resucitar a seres que no escribieron ningún libro, ni pintaron nunca un cuadro, ni inventaron ninguna canción. A la carga entonces: resucitemos, ya mismo, a quien nuestro corazón mande. ¿Qué cómo lo haremos?
Así: ……………. ¡¡¡!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
No era tan difícil.

La exactitud de las ciencias exactas
¿Cuánto es 2 más 2, más 2, más 2? ¿Es 8? Verifiquemos, paso a paso, sin arrebatos.
2 más 2, 4.
4 más 2, 7.
7 más 2, 8.
No hay caso, las ciencias exactas son exactas. Y más cuando uno es asquerosamente políticamente correcto.

Corrupción
La corrupción tiene su costado plausible:
nada hay más ni mejor repartido.

El ser nacional
Dios no es argentino, lamentablemente y por suerte.
Resulta que antes de ayer se le cayó el  documento, y ahí nos enteramos.
¿Y ahora?
 Joder, tendremos que aprender el más difícil de los corajes: la humildad.

Tocar fondo, tocar abismo
Es una costumbre argentina, tocar fondo. Y es una comodidad. Generación tras de-generación venimos diciendo y diciendo: “Estamos tacando fondo”. Cuando decimos eso subterráneamente afirmamos: “Ya nada peor nos puede pasar. En adelante todo tendrá que ser mejor porque, después de todo, somos argentinos.” Argentinos, sinónimo de hacedores de milagros. En fin, la siempre mentada “extraordinaria capacidad de recuperación”. Sin considerar que esa extraordinaria capacidad proviene de otra no menos extraordinaria: la capacidad de destrucción.
Volviendo a lo de tocar fondo. Después del apogeo del saqueo y de la frivolidad que consumó con tanta eficacia el gobierno del invertebrado moral, el Señor de los Anillacos, Carlos Saúl Menem, entre el 2001 y el 2002, ya entrados al gobierno de ese encarnizado bostezante que fue Fernando de la Rúa, después de (por lo menos) un cuarto de siglo de tocar fondo dijimos para nosotros y para el mundo: “Esta vez sí que tocamos fondo”. Pero nos estábamos mintiendo una vez más: si es por tocar fondo, en la realidad y en la pesadilla de un infierno-limbo, lo tocamos tras el prólogo de López Rega, a partir de 1976, durante los años de la dictadura que desnucó todos los absurdos.
Entonces la inmensa mayoría de esta aglomeración que llamamos sociedad, hizo una pausa de acrisolado silencio. No se dijo “estamos tocando fondo”. Tal vez porque más que tocar fondo nos estábamos desfondando. Tocamos abismo.

Insultación, con ternura
Mierdita de país,
¿qué esperás para nacer?
¿Qué en el mundo
ya no se use ser país?

( Ma´sí, el cosmos puede prescindir de vos y hasta del planeta, mierdita de país.)

Posibilidad de lo imposible
Si los argentinos hemos sido capaces de lo imposible,
destruir a la Argentina,
¿cómo no vamos a ser capaces de lo imposible:
hacer que nazca de una vez?
(Sepan disculpar la esperanza.)

La censura, la distracción
Sí, ya sabemos que la censura es una mierda sin siquiera olor. Y que no se justifica ni aun alzando aquel concepto de don Borges, según el cual las prohibiciones desafían y agudizan la imaginación para darle otra vuelta de tuerca al lenguaje.
Pero hay una devastadora censura de la que no se habla, aparte de la autocensura por razones de sobrevivencia… Y es la de la distracción. A ver si me explico: los autodenominados periodistas, intelectuales, escritores, artistas… de los cinco sentidos, ¿cuántos usamos? Y entre los sentidos que usamos, ¿en qué proporción los desplegamos?
Dicho de otro modo menos cordial: ¿Hasta qué punto estamos despiertos? Estar despiertos, en el pleno uso de los cinco sentidos es por lo menos imprescindible. Si no lo estamos incurrimos en sordera, en inodorez, en ceguera, en insipidez, en desmayo de piel. Este uso tan limitado de los cinco sentidos nos distrae, nos distrae del entorno, de la esencia de los acontecimientos; nos distrae de la realidad explícita y de la realidad subterránea.
Y a este punto quería llegar: la distracción es hermana de la indiferencia. Y la indiferencia es la forma más fácil y menos riesgosa de la complicidad.
A esta altura de la reflexión podríamos decir, sin exagerar, que la distracción es peor que la censura.

Lo obvio ya no es obvio
Cuando la comunidad de un país hace de la decadencia una forma de vida y de la desesperanza una comodidad, cuando la expectativa es reemplazada por la histeria, cuando soñar es cosa de ingenuos, cuando la reconciliación se utiliza como coartada para la desmemoria, cuando la desmemoria convalida los crímenes, cuando los mea culpa se convierten en un recurso tan frecuentado como la aspirina, cuando el diluvio ya no es de agua sino del extendido caldo de la indiferencia y/o banalidad... cuando todo eso sucede, nosotros, los habitantes de esta aglomeración invertebrada ya no sabemos dónde estamos parados. Ya ni sabemos que no sabemos. Entonces, necesariamente hay que transitar y nombrar lo obvio, lo que se cae por maduro, lo que está más acá de nuestras narices. Tan extraviados, tan insolados por la confusión estamos, que el relevamiento de lo obvio empieza a resultar el relevamiento de lo primordial.
Aquí estamos, con la ilusión de que somos dueños del mapa por gracia recibido. Rebasados de historia no digerida, masticamos el pan de la confusión. Expertos en nosotros, encantadísimos de ser los más inexplicables, ya que por fin no los mejores del mundo, aquí, así estamos.

Algo más que intestinos
Aplicados al arte de ver, de diagnosticar y de vaticinar más allá de nuestras narices, somos unos patéticos negados a la hora de ver más acá de esas narices. Ahí tenemos lo que nos pasa con la violencia: hablamos y hablamos a borbotones sobre ella. Hablamos. ¿Nos habremos quedado enredados en la trampa del regocijo de ser nada más que víctimas, nada más que comentaristas tardíos de demencias consumadas? ¿Nos habremos quedado atrapados en la criminal comodidad de considerar que no hay más violencia que la que afecta a nuestra propia tranquilidad, a nuestros seres queridos, a nuestra sagrada propiedad privada?
Naturalmente no estoy calificando a aquéllos que están cada día más condenados al analfabetismo, a la desocupación, al hambre sin metáfora. Éstos no tienen otro remedio que suplantar conciencia por desesperación. Estoy refiriéndome a los que accedemos hoy al privilegio del techo, del trabajo, del alfabetismo. ¿Cuántos nos tomamos el trabajo de no camuflar la alegría con euforia, y la patria con la selección de fútbol, y la tristeza con el exitismo contrariado? ¿Cuántos tenemos derecho a ser nombrados habitantes, es decir, cuántos somos algo más que intestinos discretamente eructantes? 

Quién se parece a quién
Vayamos por nuestro relevamiento de obviedades. La primera: el fútbol nos mira. Porque es un espejo. Que no tiene la culpa de lo que nos devuelve al espejarnos. Al espectáculo del fútbol, que contiene al juego del fútbol, algunos pensadores lo abordan con inocultable asco y otros con también inocultable demagogia.
Hay muy fuertes razones tanto para amar al fútbol como para aborrecerlo.
Entre las razones para amarlo me remito a una, asiduamente usada: el fútbol es una suma de poesía, ajedrez y misterio. Hay algo inapresable en este juego, que lo hace tan cautivante como la vida. Desde la tribuna es una respiración igualitaria. Salvo la muerte con su desnudamiento irrevocable, nada como el fútbol iguala tanto. Reúne en el mismo instante al joven y al viejo, al rico y al paria, al traficante de armas y al enfermero, al escritor y al analfabeto, al preso y al carcelero. Prodigioso, irrepetible, con su “dinámica de lo impensado”, como decía Panzeri, con su azar ingobernable, el fútbol refleja como ninguna otra actividad del hombre esa imprevisibilidad de la Vida que siempre nos seduce un día más, porque su código jamás puede ser vislumbrado: se inventa cada vez.
El gol –hasta el hartazgo lo dijeron sociólogos, psiquiatras y poetas– es un orgasmo al alcance de todos, nivelador como la muerte. Tan al alcance de todos que convoca en el mismo instante de la eternidad al científico, al obrero, al dictador, al rebelde, al magnate, al marginal, al fascista, al marxista, al sabio, al analfabeto, al premio Nobel, también al niño y al ancianito, al potente, al inapetente, al impotente. Al harto y al hambriento.
Un país del tercer, cuarto o quinto mundo, con sólo un gol de su selección puede tumbar y sumir en la mayor tristeza a un país superpotencia.
Nada hay más parecido a la Vida que el cambiante, inapresable, fútbol. Tanto que a veces uno siente que es la Vida la que se parece al fútbol.

Sigamos con el espejo
Aborrecer al fútbol porque da miedo, da espanto o da asco, en cuanto suele ser utilizado para esterilizar, es un redonda puerilidad. Cuando se actúa así se aborrece a la radiografía que muestra el tumor. Eliminar el espejo que nos devuelve un rostro horrible, eliminar la radiografía que nos avisa del tumor, no es la solución; es lo contrario.
Antes que enemistarnos y descalificar al espejo, mejor sería que tomáramos nota de lo que nos pone en evidencia, a saber: nuestra muy cultivada intolerancia, nuestro muy cultivado exitismo y derrotismo, nuestra muy cultivada sed de sangre del insoportable diferente, nuestro muy cultivado nacional-pedantismo, nuestra muy cultivada propensión a confundir coraje con impunidad, nuestra muy cultivada tendencia a degenerar el genuino amor por lo propio en carnicero amor propio, nuestra muy cultivada asociación ilícita con la religión y/o superstición para violentar sobornando el juego limpio, el curso natural del vivir.

Descalificación de lo que se ignora
Es por demás evidente –y obvio– que el fútbol es el más eficaz y extendido espectáculo planetario pasible de ser usado y servir para enajenar, ajenizar, idiotizar, cretinizar, recalentar el patrioterismo. Suprimirlo mediante la frecuente descalificación intelectual, que confunde el objeto con el perverso uso que del objeto se hace, me parece una actitud que no contribuye a mejorar ni una pestaña de la condición humana. La decisión de empujar a que los habitantes del mundo se comporten como manadas profundamente distraídas se realiza también a través del fútbol; pero no por obra de él.
Cuando hablo de descalificación intelectual pienso, por ejemplo, en Sebreli, en Borges, en María Elena Walsh. Walsh sintetiza cierta confusión de los descalificadores cuando dice “Hay que ser Borges para permitirse considerar estúpido el hecho de que hombres grandes persigan una pelota con tanto ahínco. ¡Ídolo Borges!” Desde luego que la no adhesión y gusto por el fútbol es un derecho que todos tienen sin necesidad de que uno, en un arranque de heroica tolerancia, lo conceda. Pero María Elena Walsh limita su mirada. En ningún momento admite que en el fútbol puede existir algo que su paladar no llega a percibir. Esa limitación no es criticable en sí, lo que es criticable es que se pretenda juzgar con rotundo despecho, con contundencia fundamentalista, desde esa carencia. Sí, llama la atención ver cómo personas afinadas en el arte de pensar aborrecen lo que conocen desde afuera o desde lejos, o lo que no conocen.
¿Qué cómo se establece que no saben de qué hablan? Simple: si el juego del fútbol consistiera en el hecho de que una punta de hombres grandes persiguen una pelota con ahínco, y que tratan de pegarle a esa pelota, en verdad sería una práctica sonsa, güevona. El fútbol esencialmente no consiste en perseguir o pegarle a una pelota. Es otra cosa, para nada pueril y para nada brutal. ¿Algo más aburrido e insoportable que la danza y la ópera para quienes no están adiestrados en esos lenguajes? ¿Por qué caer en la fácil simplicidad de denostar lo que se ignora? El natural derecho a la ignorancia, ¿conlleva también el derecho a descalificar lo que se ignora?
Nos guste o no nos guste, nos asquee o nos fascine, el fútbol es finalmente una formidable herramienta de conocimiento. Nos espeja. Podemos atacarlo o podemos huir. Podemos, gozándolo o no, conocernos por él. El fútbol nos puede servir de linterna para alumbrar nuestro infernal limbo, en sus prósperas cloacas.
El fútbol nos mira.

La violencia de (en) la superstición 
La superstición, ¿tiene algún parentesco, algo que ver con la violencia?
En la vida en general, y en el fútbol en particular, la superstición no sólo tiene que ver sino que es violencia. Mediatiza una asociación ilícita con el más allá para torcer –siempre tratando de sacar ventaja– el más acá.
En pocos casos como en la superstición se observa que la violencia no necesita ser explícita y ruidosa. Un ejemplo: la violencia de la carie no es la que surge en el intolerable dolor final, es la que sucede con la eficacia del silencio, de lo inadvertido. La superstición encarna este tipo de violencia, mucho más que peligrosa porque no se ve.
La religión que degenera en superstición, o la superstición camuflada de religión, es una forma de violencia que irriga nuestra cotidianeidad. Violencia sorda, subterránea, en la que el fútbol abreva. Actividades que el fútbol no genera, sino que el fútbol evidencia.
Pero, ¿por qué la superstición es violencia? Porque significa un intento de forzar, de manipular la realidad. Mediante el ejercicio de la superstición, las naturales reglas del juego, intentan ser violadas a favor de quien las practica.
En el caso concreto del fútbol, las supersticiones, las cábalas, solicitan una ayuda extra, una ayuda solapada, bajo cuerda, al más allá, para influir sobre el más acá. El ejercicio de la superstición también supone una verdadera asociación ilícita para conseguir el éxito sin que el adversario-enemigo se entere.
Estamos hablando de coima. De coima celestial.
Se pone en funcionamiento un trámite espurio para conseguir una ventaja extra, una invisible ayuda adicional que viene del más allá para beneficio del gestor. Con la superstición el gestor hace un guiño, pide una excepción, supone que tendrá desde los altos cielos un trato preferencial. Trampea. Y toda trampa es violencia.

Superstición y/o religión
Momento de analizar la propensión que tenemos –en todos los niveles sociales– a mezclar y licuar la superstición con la religión. Digamos rápido: el licuado se hace con la anuencia y el beneplácito de la Iglesia. El ejemplo más visible, y por eso invisible, es la famosa visita de los jugadores de la selección argentina de fútbol a la Virgen de Luján y, a partir de 1986, al Muro de los Lamentos en Jerusalén, en vísperas de cada campeonato mundial. Aquí se produce, sin disimulo, esa mezcla. ¿A qué van los jugadores ante la Virgen o ante el Muro: a rezar, a expresar pluralismo religioso? No, van resueltamente a hacer un pechazo. Van a gestionar una ayuda extra. Piensan que con esa ayuda extra no van a perder, que podrán doblegar a los adversarios. Esa yapa energética, ese viento a favor proveniente del más allá para incidir en el más acá de la verde gramilla, involucra una prebenda, un privilegio. Si se da por hecho que la ayuda es cierta, la ventaja es unilateral. Beneficia sólo al gestor interesadamente creyente.

Coima celestial
Esta ayuda, digamos espiritual, es equivalente al impulso, a la energía adicional que ciertos procedimientos –doping, pichicata– suelen proporcionar en el terreno físico. Es así: el jugador que se estimula tomando algo especial antes del partido juega, ocasionalmente, con ventaja. Trata, con el doping, con la pichicata, de corromper el equilibro natural. Violenta las reglas del juego. El jugador o el equipo que se estimulan creyendo que serán celestialmente ayudados, también con ventaja creen jugar. Redondamente: el doping muscular por un lado y el doping espiritual por el otro. Sí, las cosas por su nombre: coima celestial.
Esta forma de violencia sin sangre a la vista sucede con tal frecuencia que ha entrado en el reino de la normalidad. Nada más impune que la normalidad. La coima celestial es un hábito cultural. Quienes desde el clero favorecen esta degeneración de la fe, ingresan sin más en la categoría de traficantes de drogas. Para esto no hay por el momento legislación que enjuicie y castigue, así en la tierra como en el cielo. Rige el así sea. Es decir: amén.
 
–¿Hay entrevistas imposibles?
–Si uno se da por vencido, sí. Pero toda cerradura tiene su llavecita. ¿Cómo dar con ella? Con imaginación y paciencia. O si no: con paciencia e imaginación. Sin dejar que se suelten. Dicen que todo ser humano tiene su talón de Aquiles. Más cierto que eso es que todo ser humano, que se niega a una entrevista, tiene una cerradura. Y vuelta: no hay cerradura que no tenga su llave.
–Esto que usted explica, ¿lo puede traducir en un ejemplo?
–Entre varias imposibles, elijo mi entrevista a Woody Allen. La hice para una remota revista femenina. Todo se originó en una propuesta mía en broma. Había que tirar ideas para el próximo número. Me apretaron. Dije: “Entrevista a Woody Allen”. Caramba, me tomaron la palabra y ordenaron conseguirlo vía telefónica. Cuando fui con el pedido ante la encargada de prensa de la distribuidora de las películas de Woody en Buenos Aires, casi estalla en un infarto por reprimir la risa. Crujiendo risa disimulada me dijo que le trajera una solicitud formal para enviarla a Estados Unidos; debía explicar el perfil de los lectores de la revista y quién haría la nota. Entonces escribí una carta. Woody Allen concedió la entrevista telefónica de más de una hora, tres días después, el 14 de 0ctubre de 1990. Y la carta fue la siguiente:

“Me llamo Rodolfo Braceli. Aprendí a respirar hace casi 50 años. Tengo entendido que sé leer y escribir. Me gustan las películas de Bergman y Wajda y Resnais y Fellini y, usted no va a creerme, las suyas… Bajito de estatura, podríamos decir que soy un enano bastante alto. Tengo pies planos, para desgracia de las hormigas. He perdido casi todo el pelo; y no lo encuentro. Soy miope, y más bien narigón. Sin mis anteojos, mi vida no tiene sentido… Soy un desguarnecido, un auténtico desgraciado, las mujeres que se acercan a mí se transforman en mis madres. Yo soy, entonces, un bebé de pechoS, y muy hambriento. Si hay una baldosa floja en la vereda es seguro que la piso. Si hay una evacuación canina también la piso, con exactitud. Mi timidez es colosal; aunque no sé si lo mío es timidez o es alergia. Probablemente sea alergia, porque que cuando encuentro con gente alegre y feliz empiezo a estornudar como loco. Con Dios tengo mi rollo: a veces lo escribo con minúscula, a veces con mayúscula, a veces con acento. Creo en Dios cuando duermo y me vuelvo ateo cuando despierto. Siempre duermo con la luz prendida. Y mi magro sueldo se me va en pagar la cuenta de la electricidad. Creo que la razón fundamental de los grandes fracasos es el mal aliento. ¿Le dije Woody que soy un desgraciado? Me quedé corto: nunca gané en nada, nunca. Una vez corrí una carrera de cien metros yo solo: salí tercero segundo. Me ganó mi sombra, porque tenía el sol atrás. Soy un extraordinario perdedor. Un fracasado nato. Escribo poesías en los días impares pero tengo la amabilidad y la decencia de quemarlas en los días pares. Algo más: una vez tuve una idea... tuve una idea ¡y perdí el conocimiento! Pese a mis abundantes imperfecciones y carencias, señor Woody Allen, yo quisiera hacerle una entrevista.”

La tentación
Vengo, por parte de padre y madre, de Adán y Eva. Y eso se nota: una de mis especialidades en este suceder es caer en la tentación. Tentación, sinónimo de curiosidad. Curiosidad, sinónimo de respiración. Respiración, sinónimo de pulso. Pulso, sinónimo de vida. Vida, sinónimo de tentación. Y así sucesivamente sigue sucediéndome el absurdo y prodigioso suceder.

Durar, durar
En realidad el pecado no existe. Pero, si hay que nombrar uno, pecado es enfriarse, pecado es durar. Dejarse durar.
Para verificar si una persona está viva o ha dejado de eso, no hace falta tomarle el pulso ni ponerle un espejito para ver si lo alienta. Si la persona se limita a durar, viva no está.
Esos, que ya están muertos, no necesitan morirse. Allá ellos. No nos ensañemos con los que viven durando, no seamos impiadosos.
Por lo demás, reconozcamos que vivir es una ilusión demasiado comprometedora.

Elogio de lo inevitable: ser naif
–¿Por qué usted suele decir que es un escritor, un poeta naif?
–Porque todos lo somos.
–¿Todos lo somos?
–Respondo con unas líneas de mi Vincent, te espero desnuda al final del libro: “ Porque vendrá el día de los días: el sol se nos acercará tanto que nos quemará sin discriminar, sin mirar a quién. Quemará de un lengüetazo el presente el pasado y el futuro. Quemará la hazaña y el fracaso. Quemará las ambiciones. Quemará los sueños. Quemará el poder. Quemará el pecado. La culpa quemará. Quemará al genio y al idiota. Quemará la historia y la utopía. Quemará el odio y el amor y el olvido y la memoria. Al fuego quemará… Entonces, será lo mismo haber sido Shakespeare que haber sido el tonto que babea en el umbral de su casa mientras cuenta, una por una, infinitamente, las gentes que pasan infinitamente por su vereda.Será como si no hubiera sido. El sol, de cuajo nos quemará. Seremos iguales, en la ceniza: todos. Podrá el sol lo que Dios no pudo. O lo que Dios (en el caso de existir) olvidó”. 
–¿De modo que don Shakespeare también naif?
–¿Shakespeare? ¡Sin duda! Y Descartes. Y Miguel Ángel. Y Cristojesús. La pedrada del verbo llega mucho pero mucho más lejos cuando (sin saberlo) se sube al caballo desbocado de la imprescindible inocencia. Todo artista que intenta gestar algo desde la tripa de su cerebro y desde la tripa de su corazón, es un candoroso naif. Yo lo soy. Todo creador siente que pronuncia la primera palabra. O la última palabra. Si siente eso es un inocente. Si no siente eso no podrá salir de la cárcel de su mero cascarón. Nunca podrá cancelar el bendito maldito pecado original.

Las derechas, las izquierdas, aquí
El emporio de derechas que hay en la Argentina, se distingue por no descansar ni en los domingos ni en las fiestas de guardar. Usan a la democracia cuando hay democracia y a la dictadura cuando hay dictadura.
Las izquierdas tampoco.
Solemos decirnos de la izquierda argentina que es un incesante archipiélago. Es mucho decir. Por más fraccionado que esté, un archipiélago es un conjunto. Las izquierdas aquí son más bien esquirlas de una bomba que ni siquiera explotó.
No necesita que el mentado enemigo la destruya, de eso se encarga la misma izquierda. Esa es su actividad casi excluyente, la autodestrucción. El resto es confundir estribillo con ideología.

Estar o ser
Podríamos decir, con reflexionada esperanza, que estamos subdesarrollados. Pero eso no significa fatalmente que seamos subdesarrollados. Claro, pero si insistimos lo vamos a conseguir.
 
Las madres, el optimismo de la memoria
Más allá del hecho intransferible del parto, del imprescindible suceso biológico de la mujer, ¿qué sería de nosotros, ciudadanos habitantes argentinos, sin las arrojadas acciones de las madres abuelas de Plaza de Mayo? No es aventurado pensar que, tal vez, sin esas presencias perturbadoras, incomodantes, inquietantes, hubiéramos hecho del eructo nuestro único gesto de dignidad.
Escribió Susana Sontag: Se nos ha enseñado a olvidar perfectamente. Y ésa es la base de nuestro optimismo. Basta mirar hacia atrás y a los costados para advertir la lucidez de tales palabras. Pero este concepto, que es tan desgraciadamente cierto, se desactiva por completo a propósito de las madres. Las madres pueden ser optimistas porque no olvidan. Porque no nos dejan olvidar. Ellas, las madres abuelas, nos inventaron el optimismo de la memoria.

Del primer mundo
¿Aprenderemos de una vez que no vale la pena pertenecer al Primer Mundo para ser el inodoro del Primer Mundo? O el bidet.

La siesta y la ética
–¿Cómo fue su llegada a Buenos Aires?
–Fue viniendo de Mendoza, a mis 30 años, en 1970, en la revista Gente que por entonces enarbolaba un tiraje de hasta 400 mil ejemplares. A las dos semanas era uno de los cuatro redactores especiales, ganaba un sueldo con el que podía mantener cinco familias. Digamos que el éxito me había estallado en la mollera.
–En una revista tan acomodada a los gobernantes de turno y tan inclinada a la frivolidad, ¿cómo se las arregló?
–Justamente esto era lo apasionante. Dar sermones en la iglesia es fácil; meterse a decir lo mismo en un medio en el que prevalecía lo frívolo y el acomodo a los gobiernos de turno, se volvía muy difícil pero no imposible. Ése fue mi desafío personal. Pero lo más difícil de todo resultó sobreponerme, vadear los vértigos del éxito.
–¿Cómo hizo para superar el mareo?
–Por empezar me las arreglé para seguir durmiendo la siesta. La siesta sirve entre cosas para bajarnos del caballo, para avisarnos que el caballo al que estamos subidos es de cartón pintado, de calesita. Y la calesita gira sólo un ratito; el que gira es el mundo. (Y vaya a saber hasta cuándo…)

Mandamientos, ojo al piojo
No sé si hay otro país como la Argentina en el que los periodistas se conviertan con tanta facilidad en personajes periodísticos. De pronto sentí que yo lo era. Para no perder la chaveta, aparte de dormir la siesta, me escribí una serie de ojo al piojo que puse debajo del vidrio de mi escritorio, a mi izquierda.
Estos ojo al piojo pugné siempre por cumplirlos. Fueron y son mis mandamientos, a saber, a sentir:
Ojo al piojo uno: cuidado con confundir ruido con sonido, histeria con alegría, chisme con información, alcahuetería con investigación.
Ojo al piojo dos: no confundir el amor propio con el amor por lo propio. (El amor propio nos lleva al patrioterismo nacionaludo. El amor por lo propio nos hace crecer no sólo porque cumplimos años.)
Ojo al piojo tres: Las guerras se hacen con seres humanos. Aunque mueran por miles, cada ser humano muere de a uno.
Ojo al piojo cuatro: La desmemoria puede ser un crimen perfecto. Es más: la desmemoria es la madre de la corrupción así como el olvido es el padre de la impunidad.
Ojo al piojo cinco: El mundo no termina en el umbral de nuestra casa.
Ojo al piojo seis: No hacer de la digestión nuestra única actividad cívica. Ni hacer del eructo nuestra única declaración de principios.
Ojo al piojo siete: Más que tolerar al diferente, aprender a respetar al diferente. Recién con el paso del tolerar al respetar empezamos a justificar el rótulo de animales, racionales.
Ojo al piojo ocho: Despertar cada uno de los cinco sentidos. Mirar con el olfato,  mirar con el tacto, mirar con los oídos, mirar con la lengua, y tocaaar con la mirada.
Ojo al piojo nueve: Al salir de nuestra casa, cada día, no dejar olvidado el corazón. El corazón es un músculo inteligente, sabio.
Ojo al piojo diez: La ética de la sintaxis no quita lo caliente.
Ojo al piojo once: Ya que estamos, escribamos en castellano. Qué cuesta.
Ojo al piojo doce: La ética es un insomnio que no sólo hay que exigirle a los políticos, y a los demás.
Ojo al piojo trece: Cuidado con servir de mero partenaire. En la entrevista el periodista debe ser algo más que un grabador sumiso.
Ojo al piojo catorce: En este preciso minuto y en cada uno de los minutos que vienen, en este mundo hay gente no sabe ni sabrá leer. Y de tanta hambre, ni se caga de hambre. Algo hay que tener en las tripas, para eso.
Ojo al piojo catorce: La chatura no es el nivel del mar y la mediocridad es más contagiosa que el bostezo.
Ojo al piojo quince: En las entrevistas importan las opiniones de los entrevistados, pero antes que eso importa la respiración. De ellos, y entonces de la entrevista.
Ojo al piojo dieciséis: Si no hay nada que decir, no lo digamos.
Ojo al piojo diecisiete: Usar calzoncillos bien holgados. En la garganta, sólo las amígdalas.
Ojo al piojo dieciocho: A las palabras se las lleva el viento. Sobre todo a las vacías.
Ojo al piojo diecinueve: Con lo que escribamos, al mundo no lo vamos a cambiar. Pero hay que cambiar al mundo.
Ojo al piojo veinte: Andrés y Juana.
(Andrés y Juana se llamaban, se llaman mis padres. Me están mirando desde su candor.)

 Entrevista y poética de la adivinación
–¿Qué no le debe faltar a una buena entrevista?
–Respiración. Con frecuencia los “expertos” sostienen que hay dos tipos de entrevistas: las de ideas y las de color. Es como si dijeran que hay dos tipos de seres humanos: los que vienen con cerebro y los que vienen con corazón. Los pavos reales del periodismo patrio establecen esa división que, sin ánimo descalificativo, considero muy güevona. Desde mi real pavadez, opino que lo que importa es que el reportaje tenga eso, respiración. Los diálogos sin respiración carecen de semblante y, lógico, de pulso. Esas carencias suelen disimularse con la coartada del famoso distanciamiento. Al no llegar a la identidad, a la nuez del lenguaje del entrevistado, tales diálogos son apenas interrogatorios; no coagulan en conversación. Sólo la conversación conduce (a veces) al logro de la confesión. A la entrega de cuajo, sin coerción. Desde esa entrega emergen las ideas y las historias, amalgamadas. Es cuando el entrevistado olvida su casete y alumbra cosas impensadas. Lo impensado, vaya paradoja, define mejor que nada su pensamiento, y desnuda su sensibilidad.
–Y las preguntas, ¿son importantes?
–Lo son siempre y cuando no seamos esclavos de ellas, y nos impidan escuchar. De eso se trata, de escuchar al otro. Es lo más difícil así en el reportaje, como en el matrimonio, como en esto que llamamos Vida.
–¿Qué más no debiera faltarle a una entrevista-reportaje?
–Desde el entrevistador, el uso de los cinco sentidos. No sólo preguntar: hay que mirar, tocar, oler, oír, paladear el encuentro. Y hay que estar atentísimos a lo que el azar con sus virajes nos propone. Los cinco sentidos, bien despiertos. Y el sexto también. Porque a veces estamos al borde de zonas ciegas que son como campos minados, pero al revés. Hay que estar a disposición del milagro de la revelación, que suele suceder más acá de nuestras narices. Si es que tenemos las narices despiertas.
Algo más: las preguntas “inteligentes” se siembran en el silencio escuchador. Como el humor, como la poesía, el silencio es otra llavecita que abre luminosas zonas impensadas.
Estoy proponiendo, para el reportaje, la poética de la adivinación. Por qué no.

Seamos un buen viento
Durante este amasijo de absurdidades, condenados a todas las intemperies, lo menos que podemos exigirnos es, al menos, la solidaridad de la piedad. En un momento de mi Misa humana traté de expresarla con estas palabras:

No seamos impiadosos,
no imitemos a lo que se nombra Dios.
Pobre ser, el Hombre, tan soberbio, pero con nuca.
No lo juzguemos por nada.
Consideremos que los siglos de su historia
sólo han servido para dejarle
el cuerpo sin alma, es decir sin cuerpo.
No lo juzguemos por nada.
Seamos dioses para abrigarlo
ahora que es un hueso,
un hueso solo,
que no da sombra.
Un hueso sin sol
desolado.
No lo juzguemos por nada.
Depongamos la impiedad del dios inalcanzable.
Que no se nos olvide:
el Hombre es tan sólo el hombre,
un magro latido que piensa.
Seamos nosotros dioses, para cuidarlo.
¡Soplemos juntos!
¡Soplemos todos!
¡Soplemos
para que el cuerpo descarriado vuelva a su alma!
¡Soplemos
para que el alma descarriada vuelva a su cuerpo!
Seamos un buen viento que avecina lo desgajado
hasta que lo desgajado se aventoce.
Y el cuerpo se encuentre con el cuerpo
con el alma
¡como el varón con la hembra!